La amabilidad se paga con sexo.
Estaba yo un día sentado en el muro que da al muelle viejo, contemplaba el mar, el día soleado era precioso, una suave brisa acariciaba mi cara, cuando escuche una voz que me pedía tabaco, al mirar era un chico, yo le calculo unos diez años más que yo. Tras mi respuesta negativa, algo tuvo que ver, o algo tuve yo que mostrar, por que se sentó a mi lado y comenzamos a hablar, al principio, algo atropellado, pero en unos minutos, charlábamos como dos viejos amigos.
Hablar con el era de lo mas natural, su tono de voz, su educación, su manera de tratarme, me fue relajando en aquella situación. Hablamos de todo, siempre ponía especial sensibilidad cuando me preguntaba sobre mi familia, amigos... en definitiva todo mi entorno.
Rato mas tarde nos fuimos a tomar café, era muy galante, me ofreció la silla, me preguntaba si me gustaba esto o aquello, todo era cordialidad y amabilidad.
Luego me propuso pasear, el siempre con su galantería, a flor de piel, me dejaba pasar por los sitios estrechos el primero, me convidaba de una manera suave a bajar o cruzar la calle, me preguntaba en todo momento mi opinión con casi todo, que si las fachadas de los edificios, que si como vestía aquel o aquel otro... me hacia sentir el centro del mundo.
La tarde se fue volando, y me propuso cenar algo, era una invitación que no iba a desaprovechar, así que cenamos en un restaurante italiano precioso. Toda la comida se la pasó hablándome de lo bien y lo a gusto que se sentía conmigo, alabando todas las cosas que recién había conocido de mí. Me había puesto en un pedestal.
Al salir del restaurante me invito a una copa, ingenuo yo le pregunte que en que local, y el, con media sonrisa me dijo que en su casa seria mas cómodo y podríamos relajarnos. Yo en mi alucine por como me había tratado, no dude ni un segundo en decir que sí.
En su casa, me relajé en el sillón, el fué a por dos copas de vino, me tendió una y brindamos, después del primer sorbo su mano ya estaba en mi rodilla, comenzó a alabar mi físico, del cual yo jamás me había sentido especialmente a gusto, como si nunca hubiera visto a un chico.
Mientras yo seguía hablando el comenzó a besarme el cuello, y a poner sus manos aquí y allá, hasta que comprendí que ya hablar, no quería mas.
Todo fue muy rápido, muy cotidiano. Una vez concluido él se relajó en la cama de la habitación de al lado, y ya, con una amabilidad forzada hasta el extremo del hastío, me invito a quedarme.
Comencé a sentirme utilizado, ridículo, burlado y usado. Me marche a casa.
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